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En su día libre, James Peterson camina por la ciudad. Ni por un momento deja de lado sus audífonos grises que cubren por completos sus orejas. Las canciones de Malevolent Creation retumban en su cerebro. Esporádicamente mueve la cabeza al ritmo de aquellos sonidos, que para más de la mitad de la población son solamente un estruendo sin sentido. No muchos entienden la irreverencia de esas letras y de sus ritmos.

Bajo su camiseta, su torso es un lienzo para las imágenes relacionadas con la música, su música. Tatuajes de varias bandas de heavy metal resaltan en su piel blanca. Una batalla sin final ocupa la parte superior de su espalda, con un guerrero y un águila que pelean cuerpo a cuerpo. Cansados, están inmortalizados con todos sus músculos erizados y contraídos, mientras una ciudad cae entre las llamas. El combate en tinta reproduce la portada del álbum 'Metal Works', de Judas Priest.

Antes que ostentar sus títulos de quiropráctico y fisioterapista, James es músico. Lo dice con su voz, con sus cuerdas vocales, lengua y garganta, que en un movimiento sistemático expulsan sonidos guturales en cada concierto de la banda a la que pertenece: Eutanos, black y death metal. Y lo dice con su cuerpo, siempre: con su brazo cuando empuña el micrófono sobre el escenario o con sus vértebras cervicales, cual resorte para el 'head banging'; pero más que con cualquier músculo, hueso o articulación, lo dice con su piel: el único órgano del cual la música no se borrará; seguirá sonando con tinta.

"Llegará un día en el que los tatuajes sobrepasen los límites de la camiseta y si a la gente no le gusta, qué pena". Esos diseños, además de expresar sus gustos musicales, llevan consigo una filosofía de vida. Sus tatuajes y la fuerza estrambótica del heavy le ayudan a romper aquella monotonía mental en la que flota esta ciudad. James no se siente parte de ella. Es ateo y no sigue el sistema social ni sus prácticas. Se moviliza en bicicleta porque no le gustan los espacios atiborrados de gente.

A diferencia de esa ciudad, el Hospital Eugenio Espejo está tranquilo. Víctor Cueva, interno rotativo de Cirugía General, camina por esos pasillos por los que a diario se conocen historias médicas de muchas personas. Su uniforme color azul marino no llega a cubrir la marca que lleva en su brazo: el tatuaje de un cráneo alargado, sin mandíbula inferior, coronado con una leyenda en letras mayúsculas: RAMONES.

Es el primer tatuaje que se hizo, impulsivo y sin planearlo, al igual que los otros dos que están en su brazo y en su costillar izquierdo. Sus tatuajes son sencillos, como estampillas pegadas en su piel. Para Víctor, los Ramones son los 'papás del punk'. Su música nunca falta en la lista de reproducción de su iPod. Tampoco, las canciones de Red Hot Chili Peppers, Motorhead o Mysfits. Todos estos 'bacanes' son necesarios para estudiar, cocinar, vestirse y estar entre los níqueles del hospital.

Después de las críticas por su primer tatuaje, relacionadas a los preceptos de su profesión, el segundo y el tercero llegaron sin mayores miramientos. Cuando ejerce la medicina no recibe críticas por su 'look' (parece un 'chúcaro' con los pelos parados y negros y sus tatuajes a la vista), sus diagnósticos son acertados y la voz delicada y calma tranquiliza a sus pacientes.

Ahora su mente se encuentra navegando en la idea de una cuarta sesión de pinchazos con tinta. Una idea que para muchos puede resultar espeluznante y hasta grotesca, pero que para este casi doctor es una necesidad mental y corporal. No habla todo el tiempo de la música, pero si está escuchando una canción que le encanta se le escapa un comentario: "No me voy a morir sin escuchar esta canción en vivo".

Ha viajado dos veces, porque la música lo llamaba hipnóticamente. La primera vez se fue a Lima al concierto de Motorhead. Aunque han pasado dos años, aún recuerda todos los movimientos del inmortal Lemmy; inmortal "porque a sus 70 años, después de una vida de borracheras, drogas y hembras, no le ha pasado nada".

La segunda vez el viaje fue a Buenos Aires, para ver a Marky Ramone, el último Ramone vivo. El saldo de este concierto fueron dos costillas rotas, la mejor presentación de su vida y un sinnúmero de amigos argentinos, cobijados por la bandera única de la música.

En un escenario un poco más tranquilo, Sebastián Granda espera el día de su viaje a Australia para realizar una maestría en Negocios Internacionales. Ahora que está empacando todo, no sale mucho. Una o dos horas al día se dedica a escuchar a The Beatles, su grupo de música favorito. Su vecino lo odia por el volumen y los gritos desafinados. No lo puede evitar.

En septiembre del año pasado comenzó a plasmar en su piel el retrato onírico de Abbey Road. Los cuatro 'escarabajos' caminan por sus omóplatos y se funden en una calle ondulada de Londres; genios eternos en su música y sus ideas.

Con una mueca, Sebastián cuenta que su iPod se dañó, pero que ahí tenía la discografía completa de esos 'manes'. Tiene todo en versión digital porque no es fácil conseguir los acetatos y los discos. Lo que necesita lo tiene en su piel y en su cabeza. Frases y tonadas la atraviesan cuando está triste o cuando está feliz, porque Los Beatles lo han marcado... literalmente.

James, el tatuado quiropráctico, se abstrae de los autos que circulan por las caóticas calles de Quito, puede hacerlo porque en su sangre circula la tinta de la música. Su chompa y sus botas le dan esa pinta de 'malo' que llama la atención de los transeúntes. Cuando descubre que alguien lo mira fijamente, no piensa dos veces, aguza la mirada y larga una mueca tipo: "¡qué ve, no sea curioso!".


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